13 julio 2005

En medio de las vacaciones de invierno,

¿ a quién se le ocurriría llamar a un carpintero (o alguien que realice tareas similares) a las 9 de la mañana? ¡¿ a quién?!
a mi vecino.
Supongo que es el de arriba; es qué si sería el de abajo, no se escucharía tanto.

No me hago tanto problema ya qué, por suerte, no me despertó.
El problema va a ser cuando decida irme a dormir.
Será a la tarde; el hombre, va a parar. (ahora que escucho bien, el termino para denominar sería: los hombres; seguro que tenemos tanta mala suerte que vienen por separado).
Va a parar.
A la tarde va a volver.
Y a esa hora es a la que voy a decidir irme a dormir. Y ahí si me va a afectar, como les puede estar afectando a los que duermen ahora.
El martillo va a romper el suelo, y a mi cabeza, también.
El cerebro, por suerte, no me va a funcionar, y las ideas me van a dejar en paz.
Voy a quedarme inmóvil, viendo el techo de mi cuarto; voy a tener la mente en blanco, y mi alma me va a molestar mucho.
Me va a empezar a hablar,
me criticará.
Me dirá porque no dormí durante la noche, en vez de repetir el viejo ritual obtenido años atrás.
Van a parar de golpear a las seis.
Y el sueño se arrinconará con los otros, y no me molestará.
Voy a seguir despierto, esperando un llamado que me invite a hacer algo.
La excusa, la perfecta.
Estoy cansado.
Si me preguntan por qué, o, si averiguan que no hice nada para cansarme, me van a mirar mal.
Me frustraré,
y volveré, bajo la luz artificial de la lámpara del cuarto, a quedarme inmóvil. Sin hacer nada.

Sin poder dormir.

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