15 febrero 2009

“y te traería conmigo, lejos del ruido
del metro, de los asientos ocupados
y de los relojes a contra mano”.

mientras las aspas del ventilador gritan palabras mudas,
que no van a llegar a ningún lado,
este calor pegajoso no se parece en nada
a los ficticios amaneceres de invierno de cadáveres amándose.
los silencios de las heladeras, se abren, se refrescan
y la puerta se cierra con sutil equivoca violencia,
allá arriba un nuevo escupitajo contra un parquet similar
al que está del otro lado de mi puerta de madera,
del mismo color pero diferente al de las aspas, o a la madera de esta cama;

que me sostiene en un único lugar mientras los ojos miran fijo
siguiendo por décima sexta vuelta esa aspa de madera, igual a las otras,
pero de orden segundo contándola desde este lado, o la cuarta contando:
si la visión se quedara quieta y no sean los ojos los que modificaran la perspectiva,
que el no movimiento de mis ojos y sí su función de prendido la volviera tercera, y hasta cuarta o primera, dependiendo de las veces que se detenga el tiempo y pase a ser
un movimiento en cámara lenta;

tan lento que sigo el ritmo, con tranquilidad, y un mareo que todavía no se instala,
sigo sin cerrar los parpados, y esta carrera a veces en cámara lenta
busca quien es más apto, si mis ojos, o esas otras tres aspas que se mueven circularmente
para que pierda, para que cierre los ojos de una vez, y olvide mi aspa,
la que llamaba mi atención, a pesar del mismo color que comparte con las otras;

el mismo color que la madera de la cama,
pero la madera de la cama difiere del parquet ya dueña del nuevo escupitajo
de hace unos segundos escuchados, en otro piso, en otro lugar,
tan lejano como propio, tan ajeno como cercano,

el silencio de las heladeras que vuelven a abrirse,
y el jugo de naranja, o la soda bien fría,
para que el gesto de satisfacción silencioso sea escuchado a unos cuanto metros de distancia
para arriba, o para abajo, a veces, el ruido no se confunde cuando viene
de izquierda o derecha, pero sí de arriba o abajo, como los bostezos
de los recién levantados, de gente que todavía no duerme
y escucha este súbito silencio de sentirnos todos hipnotizados,
por las aspas del ventilador, y las heladeras silenciosas abriéndose, en otro piso
en otro lugar, tan lejano como propio, tan ajeno como cercano;

se escuchan, la voz del pensamiento y el ventilador cumpliendo su función,
de madera, del mismo color que la madera de la cama, de madera que
si se cae no me corta, no me daña, no me rebana partes desagradables
de mi cuerpo insatisfecho, no me daña, física, piel, o pelos, no me daña,
escuchar este silencio del ventilador cayéndose, que no se está cayendo
y sigue ahí, gritando palabras mudas

“y te traería conmigo, lejos del ruido
del metro, de los asientos ocupados
y de los relojes a contra mano”

mientras las aspas del ventilador gritan palabras mudas
que no van a llegar a ningún lado,
este calor pegajoso no se parece en nada
a tu cuerpo desnudo amándome,
los silencios de las heladeras, se abren, se refrescan
y la puerta se cierra con sutil equivoca violencia,
allá arriba el nuevo escupitajo contra un parquet similar
al que esta del otro lado de la puerta de madera,
del mismo color pero diferente al de las aspas, o a la madera de esta, cama;

que me sostiene en un único lugar mientras los ojos miran fijo
siguiendo por décima séptima vuelta esa aspa de madera, igual a las otras,
pero de orden primero contándola desde este lado, o la cuarta contando:
si la visión se quedara quieta y no sean los ojos los que modificaran la perspectiva,
que el no movimiento de mis ojos y sí su función de prendido la volviera cuarta, y hasta tercera o segunda, dependiendo de las veces que se detenga el tiempo y pase a ser
un movimiento en cámara lenta;

tan lento que sigo el ritmo, con tranquilidad, y un mareo que todavía no me afecta,
sigo sin cerrar los parpados, y esta carrera a veces en cámara lenta
busca quien es más apto, si mis ojos, o esas otras tres aspas que se mueven circularmente
para que pierda, para que cierre los ojos de una vez, y olvide mi aspa,
la que llamaba mi atención, a pesar del mismo color que comparte con las otras;

el mismo color que la madera de la cama,
pero la madera de la cama difiere del parquet ya dueña de ese nuevo escupitajo
de hace dos minutos escuchado, en otro piso, en otro lugar,
tan lejano como propio, tan ajeno como cercano,

el silencio de las heladeras que vuelven a abrirse,
y el jugo de manzana o el agua bien fría,
para que el gesto de satisfacción silencioso sea escuchado a unos cuanto metros de distancia
para arriba, o para abajo, a veces, tu respiración no se confunde cuando viene súbitamente
de izquierda o derecha, pero sí de arriba o abajo, como los bostezos
de recién levantados, de gente que todavía no duerme
y escucha este súbito silencio de sentirnos todos hipnotizados,
por las aspas del ventilador, y las heladeras silenciosas abriéndose, en otro piso
en otro lugar, tan lejano como propio, tan ajeno como cercano;

se escuchan, la voz del pensamiento y el ventilador cumpliendo su función,
de madera, del mismo color que la madera de la cama, de madera que
si se cae no me corta, no me daña, no me rebana partes desagradables
de mi cuerpo insatisfecho, no me daña, física, piel, o pelos, no me daña,
escuchar este silencio del ventilador cayéndose, que no se está cayendo

y sigue ahí gritando palabras mudas

2 comentarios:

Rula Sucundum dijo...

uy la p*ta mad.. me encuentro con ésto un lunes a la mañana.

listo yo no digo mas nada.

doux-sommeils dijo...

una pandemia de palabras.

Me gustó todo, mucho... pero el muy bien felicitado, carita feliz se lo lleva esto:

"de madera que
si se cae no me corta, no me daña, no me rebana partes desagradables
de mi cuerpo insatisfecho, no me daña, física, piel, o pelos, no me daña,
escuchar este silencio del ventilador cayéndose, que no se está cayendo"

Zarrrpado, ud.