11 noviembre 2008

Caminan agarrados de las manos hasta la parada del colectivo, se besan, se dicen adiós y se vuelven a besar. Dejan pasar cuatro del mismo color y podrían seguir dejando pasar otro y otro y otro y así la vida entera correría por detrás de sus labios besándose. Pero las obligaciones son más fuertes que uno, que ella, al él no le importa la hora ni el principio de deshidratación que está empezando a sufrir por el calor del mediodía. No le importa la hora ni los números de los colectivos que pasan. El último, este es el último, dale que me tengo que ir al trabajo. Se saludan, se ven alejar, o tal vez ninguno se ve alejar porque la estupidez del saludo por la ventana no se ve, no se ven porque él ya empezó a caminar las calles mirando hacia abajo con los auriculares puestos directo a su cama, y ella ya terminó de sentarse colocándose los auriculares en ambas orejas mezclando pequeñas sonrisas de su rostro con puteadas cada vez que los minutos se le hacen presente.
Quiere caminar porque no quiere llegar más, quiere caminar para ejercer ese hechizo que hará que el reloj esté sumamente adelantado y la hora de volver a verse esté mucho más próxima comparando ese mismo momento en el que se vió la hora deseando que el tiempo haga su magia con el del último segundo del último beso. Pero no pasa, falta mucho, falta mucho igual, y no entiendo por qué carajo se tiene que ir a trabajar, cuando estamos tan bien, qué no joda más, que se quede conmigo, si me lo pediría yo me quedaría con ella, por qué ella no se queda conmigo. Dios, cuánto me gustaría que mandara todo a la mierda y por fin creemos ese mundo, ella y yo y nadie más, y nadie más. Llega a su casa y mira la hora, no sonríe, se pone mal, se pone a extrañar. Va al baño, apaga la luz para no verse reflejado en el espejo, se lava las manos. Se acerca al inodoro, mete su mano en el calzoncillo y saca su pija. Se sacude, la guarda, se lava las manos, no mira al espejo.
Ya dejó de sonreír, ya dejó de ser una mezcla de risa y puteadas el viaje en colectivo. Ya sólo son puteadas, mirar el reloj, mirar el reloj y putear. Este pelotudo, irresponsable de mierda, pajero, por qué carajo no hace algo de su vida, ya me pudrió siempre tan idealista, siempre tan de arriba, siempre tan imbécil y no piensa buscar trabajo. Y después me habla de ir a vivir juntos, de irnos a la mierda y de comprarnos muchas cosas, con qué plata pelotudo. Y no trabaja, y yo no lo voy a mantener, no quiero que me invite más las cenas, no quiero que me invite a ningún lado, con esa plata que no sé de donde la saca, no quiero que me regale más nada, no quiero salir más con él. Siempre tan trágico, siempre tan irrisorio, realidad le falta a este pelotudo, realidad. Mira por la ventana, se para, toca el timbre y se baja corriendo, entra al edificio tropezándose con una cantidad infinita de gente desconocida en el camino. Mientras sube en el ascensor se mira en los espejos, se emprolija un poco, llega al tercer piso, pide perdón, se acomoda en su escritorio, va al baño y vuelve a putear.
Él espera que el reloj pase rápido mientras da vueltas en la cama, prende el televisor y se ríe un poco. Ella espera que las horas no avancen más y pueda terminar ese mismo día con toda esa pila de documentos que todavía no llego a ojear ni a firmar, pero quiere terminar, no quiere quedarse haciendo horas extras cuando sólo quiere llegar a su casa y descansar.
Tres de la tarde. Él se queda dormido y ella se come una manzana, en esos siete minutos que se da de recreo, le falta un poco menos de la mitad y una hora y media para entregar cada documento en carpetas diferenciadas, ni por color ni en orden alfabético, si no por orden de importancia y del tiempo que queda a futuro para resolver, las qué tienen fecha de orden dentro de poco van primero, las otras, después.
Cuatro y veintitrés de la tarde, mira el reloj y vuelve a cerrar los ojos sonriendo. En unas horas nos vemos.
Cuatro y veinticuatro de la tarde, exhausta, va al baño, camina al inodoro, se sienta, se levanta la pollera, se baja la bombacha y hace pis. Respira satisfactoriamente. Se seca, se para, se sube la bombacha y se acomoda la pollera en el espejo grande del baño del tercer piso. Se ve los ojos, el pelo, abre la canilla para que el agua limpie las ojeras, obviamente, no puede. Se peina y sale, agarra su bolso, saluda y se va. Se toma el subte, se baja en la estación a pocas cuadras de su casa, camina hacia su casa. El calor sigue igual que la última vez que había reparado en él, en el calor, cuando ya habían visto pasar cuatro colectivos del mismo color, con él, el que la abrazaba y besaba. Piensa en él, no en el calor. Piensa en él y mira la hora. Lo tengo que llamar, le tenía que haber dicho hoy a la mañana, total no me iba a interrumpir después en el trabajo, le tenía que haber dicho. Hace días que lo viene pensando pero no puede. Se desviste, se pone muy cómoda, casi desnuda para que el calor no la moleste, y se acuesta un rato en la cama con música de fondo, la misma que escuchaba en el colectivo y luego en el subte. Se queda dormida.
Cinco y media, él sigue durmiendo.
Mira el reloj, cinco y treinta y cinco se despierta desesperada. Corre al baño, se moja la cara, vuelve a ponerse la ropa que había dejado tirada en la silla, agarra las llaves, el bolso y vuelve al subte. Llega al edificio, jóvenes a punto de recibirse, y ella haciendo un curso en ese edificio que no tiene nada que ver con lo que estudia, pero igual va a ese curso para mejorar sus capacidades en el trabajo.
Las seis, seguro está entrando al curso, le mando un mensaje a ver si se quedó dormida o si nos vamos a ver después o no. Le manda un mensaje.
Le llega el mensaje. Qué pibe pesado. Sí, ya estoy acá, es la última clase pero no por eso menos importante, hoy me dan el certificado, después hablamos, beso.
Él sonríe.
Ella guarda el celular con furia en el bolso.
Las ocho y media.
¿Nos vemos?
Sí, pero espera que tengo que ir a casa a quedarme un rato cuidando a Martín, hasta que llegué mamá que lo dejó sólo y me pidió que ni bien saliera del curso lo vaya a cuidar.
Ok, avísame.
Dale, un beso enorme. Otra vez en el subte, otra vez se baja en la estación a cuadras de su casa. Llega, lo ve a su hermano menor dibujando banderas, ella se acerca y le da un largo beso en la mejilla derecha. A ver Dani, adiviná de qué país es esta bandera. No sé Tincho. Cómo qué no sabés, ¡Nicaragua! Es que esas son difíciles, sólo vos sabés dibujarla, te dijo mamá a que hora volvía. No, en un rato, ¿por?. Por nada. Dale, decime. Por nada. Dale, con ¿quién salís?. Con nadie. DAAALEEEEEEEE mirá que le digo a mamá que no volvés en toda la noche así se enoja y te jode todo el día al celular. Con… no importa, no lo conocés. Si, esé que te deja muchos mensajes en el celular. Ese pesado. Y si es pesado ¿por qué salís con él? No lo sé Tincho, no lo sé. Se mete en el baño, cierra la puerta, se desviste y abre la ducha. Antes se mira al espejo y no deja de detestar esas ojeras horribles.
Él se pone desodorante, abre su placard y ve qué ropa es la más linda. Agarra una remera que le parece linda, se la pone, y se la vuelve a sacar. Se pone desodorante. Agarra una camisa, se la abrocha, se pone el pantalón y se mira en el espejo. Se desabrocha un botón, se lo vuelve a abrochar. Se desabrocha las mangas y las arremanga. El botón del cuello y el que lo sigue en su descenso se los desabrocha. Prende la televisión, mira la temperatura. Por suerte se puso fresco. Se desabotona la camisa, se pone desodorante, se pone una remera verde oscura y se vuelve a poner la camisa, arriba de la remera. Mira el celular.
Mamá ya llegó, me cambió y voy para allá, en veinte minutos llego.
Ok, nos vemos en un rato. Se vuelve a mirar al espejo y se saca la camisa. Se saca la remera verde oscura, y se vuelve a poner desodorante, se pone una más clarita, y se vuelve a poner la camisa oscura, negra, arriba. Se mira al espejo, se desabrocha un botón más de los otros dos que ya no se había vuelto a abrochar. Se arremanga las mangas hasta los codos, agarra las llaves y empieza a bajar. Mira el reloj, camina muy lento, muy lento hasta la esquina de su casa, Trece minutos desde el mensaje. Se sienta a esperar.
Ella baja del colectivo.
Él la ve bajar.
Ella se saca los auriculares de las orejas.
Él se saca los auriculares de las orejas.
Ella lo mira.
Él le sonríe.
Ella le devuelve la sonrisa
Él sigue sonriendo.
Se saludan en la mejilla, se abraza, y se besan. Caminan de la mano.
Caminan agarrados de las manos hasta un banco. Tengo que sacar plata, dice ella. Él entra con ella, pero a los segundos se da vuelta y mira a la calle. Muy poca gente, el asfalto mojado y el atrás de un vidrio antibalas. Con ella. Se da vuelta, la ve, ella lo ve a él mirándola. Guarda la plata en la billetera que luego guarda en el mismo bolso del día, y salen al asfalto mojado. Caminan agarrados de las manos hasta algún lugar. Dónde comemos. Qué tenés ganas de comer. A mi me da lo mismo. A mi también. No pero dale, decime. No, dale, decí vos. No sé cualquier cosa ya te dije, ¿pizza? Bueno dale, dónde, podemos ir ahí, que es rica.
La lluvia los moja y caminan agarrados de las manos para ir a comer pizza.
Abren la puerta, bajan unas escaleritas, eligen una mesa al azar, y se sientan. Hacen el pedido. Les traen una cerveza y brindan. Brindemos por cualquier cosa pero dale, es gracioso –quiero brindar por vos, porque estás acá, pero no quiero decírtelo, no quiero molestarte-. Bueno dale, ¿por qué brindamos?
Por la lluvia.
Comen, hablan, se ríen.
Pensé que me odiabas en un momento. ¿Por qué? ¿en serio? Perdón. Si, en serio, no sé, cada vez que yo llegaba vos mirabas para abajo, sentía que me ignorabas, y encima cuando te hablaba, me respondías con monosílabos, pensé que me odiabas. Uh, perdón, en serio, es qué no sabía como reaccionar ante vos, y menos con todos ellos alrededor, después no se si fue fácil, fue muy distinto, porque estábamos nosotros dos y la noche y nadie más, pero si no, no podía, es más, les hablaba de vos, y les decía que eras la más linda, que quería salir con una chica que se vistiera como vos y que sea así de buena onda, aunque a mi me cueste un poco serlo, por vergüenza, y les decía que me encantaría no ser tan vergonzoso, cerrado, perdón en serio si te hacía pensar eso. Jaja, todo bien, pero era raro. Si lo sé, era raro, pero bueno, ahora estamos acá, en el lugar que cualquiera quisiera ocupar, en medio de una película –si sólo supieras que es nuestra película y de nadie más- donde cualquiera puede ser protagonista. Vos sos la bella, y adivina ¿quién la bestia?. No lo sé, jaja. Jaja, no te rías así. ¿Por qué?. Porque es hermoso cuando sonreís, jaja. Jaja… Ves ahí estás de nuevo, quiero darte un beso en la mejilla pero me voy a ensuciar con la pizza y no quiero hacerte pasar tan ridículo momento. Jaja…
En el lugar ya no queda casi nadie, el mozo hace un rato preguntó si no les molestaba que fumara alguien de la otra mesa. No, todo bien.
Pagaron, él se paró y encontró problemas mientras se ponía la manga de la campera, ella sonrió. Salieron, afuera llovía más fuerte.
¿Te tenés que levantar temprano mañana, no?. Si. No vale, quedate un rato más. Ella bosteza. Estoy cansada, tuve un día duro hoy y el de mañana seguro es peor, además voy toda la mañana. Bueno esta bien, ¿vamos caminando y si nos cansamos mucho nos tomamos un bondi querés? Dale.
Caminan agarrados de las manos hasta la casa de ella, si es que nada los detiene. Llueve, se mojan, pisan charcos. Se ríen. Son felices. Él la detiene, la agarra de la cintura, ya no más del brazo, la besa. Ella lo besa, y le sonríe. Él no aguante. Sabés que siempre pasa lo mismo con vos, me besas así y sonreís, sonreís re lindo. Pero más que nada, lo hermoso de todo, es que parecen de esos besos de película que pensé que nunca iba a vivir, donde los dos se besan sonriendo, y sonriendo mucho, felices, así son tus besos, me haces sentir demasiado bien, y no estoy llorando porque no te das cuenta, la lluvia se camufla con mis lágrimas, o mis lágrimas con la lluvia, y son de felicidad, gracias. Ella sonríe tímidamente. Y ese gesto hermoso que hacés, que movés los ojos, que mirás para arriba abriendo grande los ojos, más que tus lentes y cerrás la boca, no podes ser real. Y la vuelve a besar.
Caminan agarrados de las manos hasta la casa de ella. En la puerta se despiden. El quiere que no sea despedida, y se queden ahí para siempre. Ella quiere subir a su cama y dormir, que en unas horas se tiene que levantar. Minutos de risas, de besos. Chau, mañana hablamos. Chau.
Él se va caminando a su casa, sin la capucha que previamente le cubría el pelo, con una sonrisa más grande que cualquiera de las que pudo tener en ese día. Camina mirando hacia abajo, camina mirando hacía adelante. Camina pisando charquitos, mojándose los pies, con la sonrisa más grande de todas las que tuvo en el día.
Ella llega a su casa, se saca la ropa mojada en el lavadero, guarda en el bolso lo necesario para que cuando se despierte dormida no se olvide de nada, va a la cocina, toma un vaso de agua. Va al baño, prende la luz, se lava las manos, se acerca al inodoro, se baja la bombacha y hace pis. Se seca, se sube la bombacha, se mira al espejo. Ella no ve ninguna sonrisa de película. Se leva los dientes, apaga la luz. Entra al cuarto sin hacer ruido para no despertar al hermano y se tira en su cama. Piensa dos segundos. Mañana le digo. Se duerme.
Él llega a su casa, se saca la ropa mojada, camina al baño, prende la luz, se lava las manos, se mira la sonrisa, camina al inodoro, mete la mano en calzoncillo, saca su pija. Hace pis, se sacude, la guarda. Se lava las manos, se mira al espejo, sigue sonriendo, apaga la luz. Tararea. En el cuarto, pone un poco de música, se acuesta en la cama, no piensa, baila acostado. Se para, apaga la música, se acuesta, cierra los ojos pensando. Gracias. Se duerme.
Ocho de la mañana, la despierta el despertador del celular, da vueltas en la cama con mucho sueño, hasta que decide ir al baño. Más ojeras que anoche. Come algo, se cambia. Se toma el subte. No camina apurada, no llega tarde, en los espejos del ascensor se mira, se arregla el pelo. Bosteza. Tercer piso, buenos días. Camina a su escritorio, pocos papeles, no se armó todavía ninguna pila de documentos.
Casi mediodía, no se acuerda que soñó. Se despierta, salticando va al baño, se mira al espejo, sonríe. Se despeja, revisa el celular para ver la hora, tiene un mensaje recibido que le había llegado una hora y diez atrás.
Tenemos que hablar.

1 comentario:

atina dijo...

Lindo.

Y un poco feo también, para no desentonar.