27 marzo 2009

Y tu musa emperatriz derrama lágrimas de fuerte tristeza porque hoy es la persona más indefensa de todas: aquél hombre mayor en esa mesa acompañando su vaso de vino con la sombra de una ausencia presente; ese edificio antiguo en medio de tanta modernidad; o tus billetes todos arrugados que se escapan del interior de tu billetera en uno de los rincones de la mesa. Todo en este mundo, en esta noche, en esta mesa, es absolutamente hiriente para su estabilidad. Quedan fijos mirándose; en realidad, ella te mira fijo. Vos miras sus manos ir y venir, ves como sus dedos pasan por su cara como digno limpiador de parabrisas bajo una tormenta obsoleta en medio de la ruta treinta y dos. Ella te mira, y sus manos también. Te mira pidiéndote que reacciones, qué te pares y corras a cambiar el mundo en segundos; qué hagas todos los edificios en la cuadra tan coloniales como es aquél que ella ve con ojos de emoción; o qué personifiques un amigo de aquél anciano sentado a metros de ustedes.

Pero vos no lo hacés; tal vez por cansancio o por tu pesimismo que de antemano te avisa que no lo podés cambiar. En cambio, te quedas viéndola llorar. Tu corazón, un poco alcoholizado, también te pide a gritos que hagas algo, que no podés dejarla cometer semejante acto de maldad: que llore y que nadie le diga que está arruinando todo su maquillaje. Aunque vos sabes, que es mentira lo que dice tu corazón; ella con sus lágrimas y con su maquillaje corrido es más preciosa que cualquier vaso de alcohol.

Los próximos minutos corren iguales que los primeros. Nadie en todo el lugar se percata de sus lágrimas; por un lado pensás que sería incomodo que otra persona la vea llorar. Ella habla de su día, de las peleas que mantuvo por horas con su jefe, de su carta de despido que se avecina; se queja del poco tiempo que le queda para terminar de estudiar todo lo que no estudió en las semanas anteriores. A punto de decirle que se vaya, que vaya a estudiar, algo te lo impide. La circunstancia, el tiempo, el momento, no es el exacto. No debes interrumpirla. A pesar de que su tristeza caiga como misil en tu alma, sabes que a los dos les hace bien todo este momento.

Su silencio permanente de largos segundos, de casi largos minutos, te permite pensar en cosas que nunca pensaste que ibas a pensar; no, en realidad lo que vos nunca imaginaste fue encontrarte en una situación así. Te acordás del pasado en el que fuiste un poquito más joven y tus noches eran cómplices de las borracheras de Bukowski, de las de Poe, de las de Arlt o del mismismo Esteban Espósito bajo palabras de Castillo.

Por una eternidad, en donde todo transcurre en cámara lenta, tus pensamientos vuelven a aquellas noches. Haces un leve movimiento de labios que ella percata; interroga tus motivos por tal acción. Y lo único que le respondás te impresiona por su longitud y tu facilidad para que se resbale de tu boca en un tono tan entendible como destructivo: “es que cuando lloras, sos más hermosa que cuando te desnudas y nos acostamos juntos bajo el frío temporal de todas las noches de esta ciudad. Pero dale, seguí hablando, seguí nombrando a tu jefe y tus profesores. Seguí imaginando el pasado triste de ese viejo, o de los propios motivos por los cuales la casona de la esquina no fue remodelada. Vos seguí llorando, no te preocupes por las arrugas de tu cara y del maquillaje. Llora tranquila que te estoy escuchando enamorándome cada vez más de tu fragilidad.”

No te deja seguir, igual sabés que no podés seguir. Fueron palabras que siempre te costaron decir, y hoy las decís con tanta facilidad. Ella no sonríe, a ella no se le escapa una mueca como se te escapó a vos. Al contrario, llora con más violencia; escuchás el caer de sus lágrimas en su tasa de café. Volvés a recordar a aquellos tipos que creías insensibles. No pensás en que harían ellos en tu lugar; sólo cuestionás su facilidad para hacer éso que sabés que seguramente harían en ese mismo barrio, esa misma noche y ante semejante monumento de mujer. Pero a la vez intentás creer que los ojos que te hablan adelante tuyo; a ellos también les afectaría en la firmeza de sus palabras.

Escuchas a una distancia grande pero mínima que se quiere ir. Alcanzás a pedirle qué todavía no se vaya, qué se quede un poco más. Qué te siga acompañando con sus lágrimas, qué de verdad la estás escuchando y la estás entendiendo. Levantás la vista intentando buscar al mozo. Intentás hacerle unas señas con los dedos, pero tu mano no responde; igual, tus ojos le indican su próximo acto a seguir. Entiende, y se acerca. Pero vos no dejás que se acerque muchos pasos porque no querés compartir lágrimas bellas con él; creés que no se merece presenciar algo tan simple, como natural, como hermoso. A una distancia acorde para que tu pedido sea escuchado sin tener que pasar por una repetición de términos que te hagan quedar como borracho y además sin saber pronunciar, le hablas para que no avance más “otra botella, por favor”.

Él da media vuelta y se va; ella hace gestos de negación con su rostro, y sigue llorando. Sabés cuál puede ser el final porque lo leíste varias veces. Lo que no sabés es si vos vas a poder continuar con esa tradición, o la vas a romper porque no le demostrás la confianza suficiente para que ella sepa que sus lágrimas pueden terminar de caer en la madera del cuarto de tu casa.

Se vuelve acercar el mozo con la nueva botella. Ya no te importa si reacciona ante lágrimas, no te importa porque sabes que él no se atreve a entrometerse en esa situación con preguntas que pueden causar insultos o el mismo abandono del lugar. Le pedís la cuenta pero sin antes pedirle un nuevo café. Ahora sí, ella te mira un poco más tranquila y acepta tu indirecta invitación a quedarse sentada en frente tuyo regalándote lágrimas que a otros ya hubiesen derrotado.

Y siguen sus lamentos; ahora llora por la diferencia forma de existencia de la mesa entre la cafeína y el alcohol. Crítica tu forma de tomar, y llora con mas rudeza; vos, tomás más. A ella se le enfría el café por culpa de su fina melancolía, pero se lo toma sin quejarse. Te percatás. Te das cuenta de lo que hace. Es el momento de partir, ya se entregó a la fiel decepción aceptación del ser humano. Ya el estoicismo invadió los cuatro, en este caso dos, extremos de la mesa. Decidís pararte, con tanta dificultad que sus lágrimas se mezclan con risas. Le gritas que ella es la borracha, que no puede reírse así. Ella y sus carcajadas se levantan para estar en seguida a tus espaldas ayudándote a mantenerte de pie. Recordas que Buk hubiese escrito que Chinaski terminaría desvistiéndose en un cuarto de hotel con esa mujer.

Se dirigen a tu casa que se encuentra a varias cuadras de distancia. Tal distancia les sirve para que ella decida que desde la mañana próxima iba a buscar un nuevo trabajo a pesar de tus insistencias de que puede irse a vivir junto a tu miserable sueldo y a vos. Ella sonríe entristecida excusándose que no va a alcanzar para muchas comidas.

Los dos entienden qué lo próximo que seguirá es tirar la ropa y el rastro de sus lágrimas a un costado de la almohada, en el suelo a pasos de la cama, esparcidas bajo la ventana.

1 comentario:

doux-sommeils dijo...

A veces que el estoicismo invade los extremos de las mesas no está bueno, es algo frío, y triste.

Aunque si terminan compartiendo la almohada se recupera calidez e intimidad, así nada es tan malo.
Còmo todo es idas y vueltas y a veces tiramos para un lado y a veces para el otro, que cosa desconcertante y divertida mientras no se lastime a nadie. Cosa que es casi imposible, claro.