05 agosto 2008

Hace unos días tuve el sueño más feliz del mundo. El más feliz triste, o el más triste feliz; no importa como se diga porque no hay ningún intento de adjetivar el adjetivo con su anterior. Simplemente de decir que fue el sueño más feliz y el más triste.

No sé cuál había sido el motivo pero estaba caminando por el andén. Aburrido de esperar (no sé si era que estaba cansado, que tenía miedo o sólo si había sido culpa de la cosmología del sueño) me senté al lado de un grupo de personas. Al lado de una chica, que a su vez estaba al lado de una parejita. Al rato, el muchacho de dicha unión decide partir. Saluda a su novia, saluda a la chica y me saluda a mí; sorprendido lo miro y veo a la chica sonreír. Él pregunta en su voz semipronunciada algo sobre mí, sí yo era Luis o algo así; no llegué a reaccionar con claridad y a hacer hincapié en la confusión, que en el medio la chica había vuelto a sonreír y él ya no se había ido.
Minutos después el tren llega, subo en el mismo vagón que la chica, sentándome sin querer a milímetros de distancia. La que formaba parte de la pareja que se había disuelto confusión por medio, ya no estaba, también había desaparecido. Quién sabe la hora, sólo sé que empezaron las típicas imágenes superpuestas: de repente el tren se volvía colectivo y en los asientos de en frente una conocida me ponía caras para que me riera, produciendo en mi bronca, vergüenza y ganas de escupirle la cara, deseaba que se vaya de ahí.
En esa mezcla del espacio llegué a preguntarle algo a la chica, con la seguridad de que no iría a responder. Pero me respondió y no dejaba de sonreír. Esa chica era de esas chicas hermosas de pelo cortito, rapado, esas chicas que llevan el rapado con hermosura femenina (hace unos años aprendí, gracias a ibi, que las mujeres que saben llevar una pelada con sutileza y femineidad son dignas de todos mis halagos).
Hablando me entero que bajaríamos en el mismo lugar, y que tendría una cita en el café en frente a la estación. Al escuchar eso mi cara interior cambio rotundamente, pero la de afuera seguía sonriendo, quería seguir hablando.
Otra vez un rejunte de espacio y tiempo.
Ella debía hacer tiempo, todavía no eran ni las ocho ni las nueve; revisé mi diezmada agenda que me enseñó que lo único que debía hacer al llegar a destino era volver a casa, por lo cual casi sin ganas (mm…) me propuse a prestarle un poco de mi tiempo.
Una vez más las imágenes se mezclaban y la noche se había vuelto noche. La chica de pelo corto y yo cruzábamos hacia aquel bar donde ella iba a tener la cita.
Amnesia, teletransportación o algo así, sin terminar de cruzar la avenida, ella y yo ya estábamos sentados en el bar con algunas tazas de por medio y su sonrisa que me hacia sonreír.
Nos reímos al decir que todo eso era hermoso, que se parecía a Befote Sunrise. Al mirar el reloj me di cuenta que debía irme, que su cita estaba por caer. Comenté de la hora y hablamos de la despedida entre Jesse y Celine en la estación de Viena, pero nosotros estábamos en la mesa de un café en Buenos Aires.
La conversación de ese momento es el único detalle lúcido que tengo en la retina en este momento, con el correr de los días es lo único claro que me quedó.



-Ellos primero especularon en verse a los cinco años, y yo no quiero verte en cinco años.
-Yo tampoco, y ellos tampoco quisieron. Por eso terminaron arreglando para verse a los seis meses…
-Sí, pero nos terminamos enterando nueve años después que él fue y ella nunca llegó. Y yo no quiero en seis meses estar acá solo para luego escribir un libro sobre vos.
-…pero no. Seis meses no, es mucho…mejor en un mes…
-…mejor en una semana…

Y reímos mucho. Agarró mis manos y me dijo “Mejor ahora. Quedate conmigo esta noche y todas las demás” y seguimos sonriendo…

Pero claro, alguien abrió la puerta llamándome logrando despertarme. Putié mucho, mucho; diez, veinte, treinta segundos y quise retomar el sueño. Pero no sucedió esa magia de retornar en el mismo sueño. Ya no puteaba, me di cuenta en otras fracciones de segundo que ese sueño no podía continuarse, que la lógica de la vida hizo que soñara hasta ahí, que cuando sonreíamos con más fuerzas alguien abriera la puerta para llamarme. Ya no puteaba, sonreía como la persona más tonta del mundo.
Pero… pero… hay muchos mas peros.
Sólo un sueño, el más hermoso; sólo un sueño, el más triste. Por qué triste? Porque uso una vez cada cinco mil viajes un tren. Triste porque esas cosas sólo pasan en sueños y en las películas. Para sacarte la tristeza te hablan de que podés conocer a miles de personas en todos los lugares posibles, en la internet por ejemplo. Yo sólo les puedo responder que ninguna persona me va a decir “mejor ahora. Quedate conmigo esta noche y todas las demás”…





Y ahora me pongo a analizar. Qué inteligente que soy (?) hasta en sueños la vida te ataca con su estructuralismo… esa cita era yo (?)(?)(?).

2 comentarios:

Jane dijo...

ey, qué lindo sueño. y qué lindo lo que dijiste sobre mi pelación, me dan ganas de pelarme de vuelta. podrías hacer un cuento de todo esto, o un corto con imágenes superpuestas y como suelen ser en los sueños! yo lo miraría eh

# dijo...

“mejor ahora. Quedate conmigo esta noche y todas las demás”…


Espero la parte 2 del sueño, seguro va a aparecer de nuevo y le vas a decir "veni que te cuento un secreto" y ahi mismo le das un beso.

Me gusta, me gusta...

Abrazo!